lunes, 13 de noviembre de 2017

Lo Inimaginable 2017



A veces pienso en las historias que he escuchado en mi vida, en los relatos familiares y en las fantasías que muchos ignoramos, pero que secretamente dominan el mundo y la vida de las personas.

Personalmente he escuchado unas narraciones familiares que estremecen y que hacen dudar de todo aquello que se dice oficialmente; imaginar lo inimaginable es cuestión de muy pocos, porque generalmente la sociedad se contenta con seguir el ritmo dado y, para tranquilizar sus vidas, jamás enjuiciar ni creer en la voz de los antiguos.

Yo no. Yo creo en las historias. He vivido de cerca el miedo y el horror innombrable. Mi abuelo, en su juventud, también. Esto es algo que me confesó cuando yo era un niño.



LO INIMAGINABLE

I

Mi abuelo decía muchas cosas sobre la vida y sobre su infancia en el campo. La describía como sacrificada, esforzada y medio sufrida, pero cada vez que me contaba algo yo secretamente dudaba pues veía un brillo de misterio en sus ojos. Yo un niño de ocho años veía en mi abuelo, en un gesto que ni siquiera mis tíos habían notado, que algo de aquello que narraba como invenciones fantásticas para entretener a sus nietos, que en algo de aquello ficcional y construido artificiosamente sí había algo de verdad. Que no solamente nos entretenía las tardes, de que no solamente nos asustaba con historias de su niñez si no que muy secretamente nos sinceraba de que en los más recóndito y oscuro del campo, que en sus senderos y bosques ancestrales habían cosas horrorosas y que esperaban por algún espíritu libre que quisiera adentrarse a su pesquisa, a veces sin siquiera realmente saber qué era aquello que se quería encontrar. Y se sinceraba de que él había visto cosas que nadie más y que algunos de sus cuentos eran en rigor vivencias muy vívidas.

Una historia conseguía, por más veces que la escuchara, alterarme y hacerme creer de que sí era cierto todo. Además que con esa historia el brillo en los ojos de mi abuelo era tan fuerte y estremecedor que más de una vez huía antes del final; final que ya sabía de memoria a esa altura. Ahora ya de adulto me resulta mucho más difícil creer en la veracidad de la historia; más formado culturalmente y con conocimientos más vastos sobre literatura (él me forjó como cuentacuentos) las comparaciones entre esa historia y otras de países distantes en la mitología propias a esas culturas es tan evidente que me aterra y horroriza. ¿Cómo sería posible aquello? ¿Qué acaso mi abuelo estaba loco o leía cuentos de horror cuándo niño? O realmente vio aquello que tan hondamente decía haber visto, pero ¿Acá, en Chile? ¿Y él? ¿Y tan de cerca?

Mi abuelo decía que un día de invierno aburrido en su casa sin nada que hacer (me lo imagino un niño inquieto y vivaz encerrado en su casa completamente desocupado) y que de tan aburrido, sin avisar a sus padres, él sólo se había adentrado en el bosque. Contaba que donde él vivía nevaba mucho, y que ese invierno aquello mucho había superado todos sus inviernos anteriores y hasta varios de sus padres en cantidad; ¡¡Así quién no tiene ganas de salir a caminar!!, terminaba diciendo con una mueca de sonrisa que hacía imaginar sus ganas de aquel momento.

Nos contaba que había tomado algunos fósforos, una lámpara a petróleo, una cortaplumas muy útil en herramientas, algo de comida para el camino y que muy abrigado haciendo como que iba al baño había salido de la casa (su baño era de pozo y estaba a unos metros de su casa) pero que rápidamente había tomado una ruta hacia lo más profundo del bosque siguiendo un sendero por él ya conocido y que lo llevaría hacia donde se rumoreaba había un asentamiento indígena abandonado; curiosamente, nos decía, que el asentamiento jamás había sido visto ni encontrado por los centenares de lugareños y que se creía un mito para mantener a los niños en sus casas, mas que para realmente hacer saber de culturas prehispánicas del lugar.

Comenzó a caminar siguiendo una ruta familiar, conocía los arboles, las aves, los frutos, los ruidos secretos del bosque y muy íntimamente sabía con qué se podía encontrar. Salvo, eso sí, no tenía idea alguna qué hacer de dar con el asentamiento. Secretamente y en lo profundo de su inquietud de niño quería ser el descubridor de aquello. En su escuela había escuchado frases en honor de famosos e inmortales descubridores de lugares igual de misteriosos como hacia donde él se dirigía; Colón y algunos otros viajeros de otros tiempos. Él, por un momento, se sintió como un distinguido investigador del pasado.

Sabía con certeza que su conocimiento del sendero por él seguido era familiar hasta dar con un árbol: un vetusto y grande nogal, objeto de su aprecio pues se decía que había sido sembrado por su abuelo en persona. Nada hasta el momento previo en que se encontró frente a frente con aquel antiguo árbol fue raro: muy pocos ruidos de animales, muy poca luminosidad a pesar de ser las seis de la tarde (no había querido utilizar su linterna para ahorrar petróleo y para resguardarse por alguna posible emergencia) y únicamente el repetitivo caer de gotas de agua de la nieve descongelándose sobre los arboles. Eso era sobre lo que principalmente había podido detallar del entorno, tranquilidad absoluta en la soledad del bosque y solamente un firme y persistente sentimiento le sacudía: llegar a aquel asentamiento sea como sea.

II

Contemplando la inmensidad de la oscuridad del bosque pensaba en qué haría luego de encontrar el asentamiento: la felicidad del investigador silencioso, lo meticuloso de aquel espíritu arrojado al encuentro de algo creído inexistente por muchos y el posterior crédito de quien sólo a partir de su interés por develar misterios arcanos lo salvaría de un evidente castigo paternal inolvidable. Así, divagando, se encontró, sin casi notar los cerca de 35 minutos de caminata, enfrente del nogal sembrado por su abuelo. Era enorme, mucho más grande desde la última vez que lo vio cerca (el verano pasado). Eso sí, noto algo raro: el sendero que continuaba tras el longevo árbol se bifurcaba extrañamente en dos rutas evidentes pero muy poco normales para aquella época. Una, la ruta de la izquierda, cubierta de nieve se adentraba en la espesura del bosque; la otra se veía muy oscura. Ayudado de su lámpara pudo hacer un descubrimiento que lo paralizo: aquel sendero de la derecha era seco, tiznado y con evidentes signos de haber sido quemado en la totalidad del trecho que difícilmente pudo distinguir en la ya penetrante oscuridad. Cenizas, algunas pequeñas brasas que se difuminaban tras la caída incesante del agua desde los árboles y una sensación de infertilidad que lo agobió. Miró más en la profundidad del bosque y noto más destellos luminosos al interior de la oscuridad penetrante de aquellos misteriosos árboles. Sintió una leve pero aguda sensación de desconocimiento e incertidumbre. Eso sí, sabía que aquel sendero debía de ser seguido por él. Lo sabía en lo más profundo de su ser. Imaginó que lo llevaría hacia la develación de algo impresionante y pretérito.

Miró el sendero de la izquierda y luego el de la derecha y sin dudarlo se arrojó a develar qué había originado aquella inclemencia e infertilidad del piso. Imaginó que alguien para no perder una ruta segura de retorno de alguna excursión anterior arrojó y prendió algún tipo de combustible en el piso; esto era lo más lógico que se le ocurrió, pues algo espontáneo o sobre natural no cabía en ninguno de sus razonamientos. Aquello de visitantes anteriores lo sedujo más que pensar e imaginar lo inimaginable y negado por todos ¡¡imposible que fueran los residentes del asentamiento indígena!! Si no habían sido vistos antes por nadie era por su silenciosidad y cuidado en no dejar huellas evidentes. Además que en ninguno de sus viajes anteriores visitando el antiguo nogal, jamás había notado huella alguna de cenizas de nada, mucho menos brasas. De ser un visitante anterior ¿No habría alguna huella en el piso? ¿Algo que denunciara a él o los visitantes? Él sabía de otros que recurrentemente se alejaban al interior del bosque a saciar gustos poco sociales, sabía de casos violentos por acallar estos comentarios castigando secretamente a los sospechosos. Pero, sin embargo, en lo interior solamente deseaba una sola cosa: que fuera un sendero al asentamiento. Aunque, perplejo, no tenía idea del origen del hallazgo.

Apagó su lámpara a petróleo, y pudo ver que las brasas desaparecían mientras más profundo y oscuro se hacía el bosque, lo que intuitivamente le dio más fortaleza y voluntad, probablemente las brasas se multiplicaban tras avanzar en su encuentro. Dándose aliento y valentía internamente, tomó un trozo de pan, algo de queso, algunas avellanas tostadas y tomó un sorbo largo de agua y creyéndose fortalecido físicamente, colocó en su mano derecha su cortapluma empuñándola y abriendo la navaja. Seguro de sí mismo, de su interés y de conocer la ruta de regreso comenzó la caminata al interior de lo desconocido. Caminó un rato largo, no lo cuantificó en minutos, pero sintió la inmensidad de la naturaleza hablándole y mirándolo intensamente. Volvió a nevar por unos minutos y algo lo detuvo en su caminar ensimismado: un llamado. Alguien pronunciaba claramente su nombre desde la profundidad del bosque. En eso que no llegaba a comprender cómo alguien pudiera decir su nombre ahí en tan desolado lugar tiró por la borda el espíritu aventurero y con firmeza decidió dar vuelta atrás y volverse al familiar nogal para luego retornar a su casa. A partir de este momento y al seguir el relato el brillo en los ojos de mi abuelo era incandescente; ese era uno de los motivos por los cuales yo muchas veces huía de su lado. Más me alejaba de aquel brillo antes que de la historia misma.

Una nueva constatación lo horrorizó: el nuevo nevazón había borrado por completo el sendero oscuro que él había seguido y lo dejó en la más completa incertidumbre. Miró en todas direcciones sin saber realmente hacia dónde caminar y, temeroso, se sintió por primera vez extraviado. Justo ahí, otra vez, su nombre deambulo junto al viento. Las copas de los árboles meciéndose transportaban su nombre en la profundidad y lo hicieron temblar.

Debía de salir de ahí rápidamente, pues no era él el único que estaba en ese momento en el bosque.

III

Comenzó a caminar siguiendo lo que pensaba era la ruta antes caminada, removía la nieve con su pie para encontrar señas de cenizas y de restos de brasas consumidas por la nieve. Apretó la cortapluma en su mano y decidido a salir de ahí se abalanzó sobre el sendero. Caminaba con rapidez pensando en el nogal y en las historias que se hablaban sobre aquellos secretos bosques y tras dar un rodeo a una inmensa roca no vista en su anterior recorrido, removió la nieve del piso y para su espanto e inseguridad nada había semejante a cenizas o brasas consumidos. Estaba perdido en aquel, ahora, desconocido y horrendo lugar. Lo sabía.

De pie. Respirando y queriendo encontrar una solución a tal dilema, pues ahora creía con fuerza que su vida estaba en peligro, mi abuelo miraba y trataba de encontrar un punto familiar, algo que le identificara una ruta segura. Volvió a rodear aquella gran roca, miró en rededor, dio unos pasos temerosos por un sendero y volvió a remover la nieve del piso. El miedo en su corazón era indecible hasta que vio la esperanza: el suelo estaba oscuro. Esa era la ruta de regreso. Un poco más tranquilo pero para nada seguro de su propia seguridad comenzó a caminar. Dio los primeros pasos de regreso y algo inesperado lo paralizó: un destello de viento, de luz y de fuego paso velozmente por enfrente de sus ojos. Estupefacto e inmóvil observaba el movimiento de los árboles y escuchaba un sesgo de ruido gutural que se perdía en la profundidad del bosque. Comprendió el por qué de las cenizas y de las brasas en el piso: el suelo justo por dónde aquel estruendo de viento pasara estaba incendiado y el fuego iluminaba la fría noche. ¿Qué era aquello? ¿Qué misterios escondía aquel bosque?

Sin saber qué hacer, pero con una certeza, pues ya tenía la ruta de regreso al antiguo nogal, decidió lo inesperado: seguir aquel suspiro del bosque. Se encaminó silenciosamente por el incendiado sendero empuñando el cortaplumas en una mano y tomando la lámpara en la otra. Dio los primeros pasos y luego volvió a escuchar aquel ruido gutural. Quiso entender algo más y percibió que era como una voz animalesca que decía algo: Nazario. ¡Su nombre! Miró entre los árboles y contempló lo que jamás pudo olvidar. Vio en la espesura un ser horrible, una silueta que lamia el musgo de una roca, todo su cuerpo estaba cubierto de unos pelos de color rojizo y verde, con una cierta apariencia animal y humana al mismo tiempo, se movía ágilmente y dejaba a su paso una senda de fuego. Era algo parido por la profundidad del bosque mismo, fruto de lo oculto y de la perpetuación de lo indescifrable de los eones. Lo oculto de la luz estaba frente a sus infantiles ojos. Con pies de fuego, veloz e incandescente, se alejo de donde estaba y se perdió para siempre dejando una estela de luz, un movimiento de los árboles y un susurro en la profundidad. Su nombre repetido nuevamente se perdía en la hondura del bosque.

Dice mi abuelo que después de esta visión su memoria le falla. Quizá por la edad o quizá por no querer decir cosas muy secretas, pero la verdad, él dice que cuando vio a aquella criatura corrió locamente de regreso. Solamente podía pensar en una cosa, aquello no era humano; aquello, lo ignominioso, pronunciaba su nombre con inclemencia, como si lo conociera de antes. Se alejó a tropezones queriendo retornar al nogal familiar y luego a su casa, el único lugar que le entregaba una certera seguridad. Aterrado, olvidando todo lo que cargaba consigo corrió con horror, enfermizamente se alejo de su encuentro frente a frente con el espíritu del bosque. Loco y asustado dio de frente, mientras tropezaba con la nieve y unas ramas, con el nogal. Lo pasó de largo y lo último que recuerda, o lo último que nos cuenta, es que saliendo del bosque, escuchando pronunciar su nombre una ultima vez en la profundidad, chocó de frente con su padre, quien armado de su escopeta y acompañado de su perro Django, lo estaba buscando. Ellos dos estaban estremecidos, el rostro de su padre era la viva imagen del horror mitológico, de aquello indecible, inentendible e inimaginable, de aquello que escalofriantemente pone en estado de desesperación y de irracionalidad. Su perro no era menos; Django, nombrado así por una historia antigua, ladraba con furia y temor al ruido que el viento producía al mover los árboles. Su padre, cuenta mi abuelo, lo tomo del brazo y lo llevo al interior de la casa.

Nunca entendió muy bien por qué al poco tiempo de esta aventura se cambiaron de casa hacia el centro de la ciudad. Quizá debe de haber sido lo que confesó haber visto a su padre, o quizá el rostro de él y de su madre cuando le oían narrar lo increíble. Pero la verdad sí extrañaba el bosque y aquella aura de misterio. Del asentamiento, seriamente comenzó a pensar que se trataba de una historia para ocultar algo mucho mayor. Que el bosque tenía vida y forma, y que esa vida y forma corría velozmente y que dejaba fuego en su paso. Eso era lo que contaba mi abuelo y sus ojos brillantes asustaban más que la misma historia.



No hay comentarios:

Publicar un comentario