martes, 12 de diciembre de 2017

Aldebaran y una "Narración Extraordinaria" 2017




A esta banda la conocí hace bastante tiempo, diría que al tiempo en que sacaban su primer Lp, “Dwellers in Twilight”, por el año 2007. Se me antojaron muy Sludge pues su procedencia e influencias los emparentan directamente con bandas trascendentes emergidas también desde los Estados Unidos. Sonaban lentos, pesados, sucios y con cierto sesgo Sludge muy característico. Me gustaron bastante; luego sus Splits simplemente me convencieron más de no olvidarlos. Así, en mayo del año 2012 (¡¡¡¡tanto tiempo hace!!!!) que presentaron su segundo Lp. Mucho más oscuro, lentísimo, denso, profundo, tenebroso y oculto. Lovecraft hecho música. Letras malditas musicalizadas con sonidos nefastos. Lo innombrable, aquello que horroriza y espanta; invocaciones de lo desconocido y malévolo se transformaron en pasajes de un Doom concreto y muy visible. Quede abrumado y estupefacto.



Confundido y ensimismado di una nueva vuelta al álbum, esta vez en uno de mis tantos viajes por mi ciudad.

Viajando en el metro de Santiago y escuchando su último trabajo, “Embracing the Lightless Depths”, decidí acompañar mis lecturas de horror y locura lovecraftiana.

Las personas, todos distantes y apesadumbrados por el lugar, se veían brumosos y confundidos; lo asocié al espacio poco grato en donde estábamos y al cansancio propio de la fecha, a la temperatura en ese lugar y a la hora del día. Todos estaban medio cabizbajos y ensimismados mirando el piso. Nada los distraía, los que estaban a mi alrededor no levantaban sus cabezas, medio estremecidos, inmóviles se topaban entre ellos mientras algo en sus rostros cambiaba. Yo miraba de reojo esos cambios, pues la lectura de un cuento ocupaba por completo mi atención, además que la música silenciaba todo en mi entorno. Todo sonaba a ALDEBARAN.

En el relato que leía se describía el cambio en el ánimo y en la voluntad de un individuo quien se comenzaba a sentir sumamente atraído por un bosque cercano a su casa. Sus ojos, cuando hablaba de la profundidad, lo impenetrable y de una cierta alma del bosque, se tornaban brillantes y expresivos. Me impresionaba leer estas modificaciones de alguien aparentemente racional y sensato trocándose en ilógico, sentimental y espiritual. El bosque lo llamaba, el bosque lo amaba. Su faz se hacía demacrada cuando pensaba siquiera en alejarse del bosque, su deseo final era penetrar aquellos secretos más ocultos y misteriosos que viven en las profundidades jamás vistas y sentidas del interior de los bosques.

Sumamente compenetrado con lo que leía, había desestimado por un segundo a las personas, abstraído imaginaba la casa, el bosque, las emociones de los protagonistas y me esmeraba por poder construir en mi mente los rostros impávidos y compungidos de los protagonistas. Lo conseguí, Bittacy y su mujer padecían cosas distintas y sus rostros lo demostraban. Distintos temores se apoderaban de sus mentes y los tornaban extraños al otro y con intereses completamente distintos, se amaban, pero no se entendían en lo espiritual.

Bajé el texto pues en mi mente miraba a los ojos de los dos rostros del relato y me alarmaba de entender cada una de sus ideas y acciones, de aquel horror omnipresente que los rodeaba y los hacía dudar de su salud mental. Algo hizo que mis pensamientos dieran un giro radical…un aroma y un color del entorno me colocaron más receptivo. Todos los pasajeros del metro estaban cabizbajos, inmóviles, decrépitos y con un aire hipnótico que me impresionó. Me levante en puntillas y vi que en los demás vagones todos estaban en la misma posición: niños, hombres y mujeres, todos estaban cabizbajos. Comencé a pensar que soñaba, que en realidad estaba recostado en mi cama y que pronto despertaría de aquella sensación de inseguridad y de extrañeza. Pero pasaba el tiempo y más me daba cuenta que un sueño no era, si no que la realidad se me presentaba de un modo fantástico y raro, en donde aquello que detenía la atención y los movimientos de todos los demás pasajeros, eso a mí no me afectaba. Ya no era un sueño, la vigilia se volvió algo incomprensible y algo tan cotidiano como el metro de Santiago se hizo algo desconocido y sin igual. Ahí me detuve del todo. Deje mi bolso en el piso, el texto aferrado fuertemente en mi mano derecha, retiré mis audífonos de mis oídos y me dedique a desentrañar lo extraño. Traté de serenarme y de escrutar en rededor: las personas habían perdido algo de colorido, sus rostros y sus ropas era como si hubieran descendido en la tonalidad. Como que la luz de los vagones fuera otra, distinta y con una semejanza a tonalidades mas musgosas que luminosas. Todo estaba teñido de gris, rostros y vestimentas.

Luego, ese olor antes percibido se hizo odioso y repugnante y colmó el lugar; olor que me obligó a cubrirme con un pañuelo el rostro, pues lo nauseabundo enfermaba. Olores de decrepitud, de putrefacción y podredumbre estaban por doquier. Eso ya no era un lugar de seres con vida. Era una especie de tumba animada desde la profundidad de lo desconocido.

El olor se propago y la sensación era que en la totalidad donde yo estaba había comenzado ese acto tan normal, después de muerto, de la descomposición de la carne. Volví a mirar a mí alrededor y todo seguía igual…luego ocurrió lo increíble. Las personas todas levantaron sus rostros al mismo tiempo; impávido contemplé cómo lentamente erguían sus rostros y comenzaban a escrutar el lugar, la impresión era que nada les resultaba conocido, sino que todo era nuevo y ajeno. Se miraron entre sí y pude notar que ellos sí no se resultaban extraños, es más, cierta complicidad oculta y maldita se podía apreciar en una inefable calma que cubrió cada una de sus horrorosas expresiones. Expresiones que demostraban más muerte que vida. Raro era ver que en un lugar conocido y antes normal para mí, hoy todo era demencia y oscuro desconocimiento.

No bien percibida esta situación un escalofrío corrió por todo mi cuerpo cuando todos aquellos individuos decadentes lentamente comenzaron a voltear sus cabezas en dirección a donde yo estaba. El miedo y el horror se apoderaron de mi razón y toda lógica que podría haber tenido antes desapareció por completo en el mismo instante en que pude, directamente, mirar los rostros y los ojos de mis acompañantes. La muerte, lo demencial, lo demoníaco y lo impuro era lo único que con facilidad se podía entender en esas miradas y en esos rostros. Me sentí en las garras de lo innombrable. La luz y el olor generaban una sensación aún más demencial e ilógica, aquel lugar había dejado de ser algo que yo conocía; en ese preciso momento todo lo que yo podía ver hacía que se emparentara más con una pesadilla de muerte antes que con un lugar de vivos. Ahogado por la fetidez y turbado por la tenue luminosidad y desesperado por saberme observado, comencé a mirar a aquellos que me miraban con ojos de muerte. Ahí comprendí lo que jamás debí haber notado. Ellos, esas cosas sin nombre y sin vida, me sabían distinto, sabían que yo no era como ellos. Sabían que la sangre corría por mis venas y que mi corazón palpitaba. Eso, dado un escrutinio posterior, se les hacía horrendo, detestable y digno de ser erradicado. Mi vida comenzó a estar en peligro.

Desesperado por no saber qué hacer, empecinado en no llamar la atención de los seres de muerte, entendí que una huida era inminente. Esa era la única forma de tratar de permanecer con vida. El que yo estuviera vivo resultó transformarse en un problema, y ellos, muertos deseosos de muerte, estaban dispuestos en erradicar el problema. Odiaban sus vidas no más de lo que odiaban la mía. Sentí espanto, miedo y desazón, era yo quien debía fenecer en aquel lugar. Las huesudas manos de los seres de muerte se acercaban a mi cuerpo, sus cuerpos giraron en mi dirección y sus miradas podían sentir el fluir de mi torrente sanguíneo y el palpitar acelerado de mi temeroso corazón.

Aquel lugar podía transformarse en mi tumba. Yo, feliz de vivir la vida, me encontraba en la encrucijada de los tiempos, rodeado de muerte, frenético por la sorpresa y deseoso de encontrar una rápida solución al mortal dilema. Entendí que de no luchar me encontraba completamente perdido. Lo nauseabundo y la muerte estaban en ese lugar, ese día y a esa hora. La desesperación comenzó a correr por mis venas y el temor de la muerte se apoderó de mi razón. Tuve que calmarme y comenzar a pensar seriamente en una solución viable que me sacara de aquel lugar maldito y que me permitiera seguir con vida y llegar a la superficie. Solo en aquel lugar comencé a pensar que debía de luchar por mi vida contra esos seres inanimados. Me superaban en número, pero el deseo de vivir se transformaba en un impulso que, si bien no igualaba las cantidades, me otorgaba fuerzas de esperanza.

Lentamente recogí mi bolso del piso. Abrí uno de sus bolsillos y saqué uno de mis lápices. Lo empuñé como si se tratara de un cuchillo y me encomendé a la vida de que por nada del mundo me rendiría. Recordé aquellos momentos más hermosos de mi vida, las amistades entrañables y aquellas efímeras felicidades. El amor, la felicidad, la familia, los estudios, los viajes y me di ánimos para acometer lo que vendría. Me serené al saber que si llegaba mi final sería tras una cruenta lucha. De súbito me abalancé contra cuatro seres de muerte, y acabé con ellos. Sus cuerpos eran más blandos y su sangre, que manaba desde las heridas que les infringí, tenía una tonalidad roja oscura. No había ruidos, nada de quejas, solo mi respiración jadeante por el esfuerzo. Mis manos cubiertas de aquella seudo sangre se abalanzaron nuevamente contra otro grupo de seres. 7, 8, 9, 10, 16, 26, 41…caían bajo mis pies. A veces no podía ver nada pues aquella sangre maldita cubría mi rostro, dejando un espectáculo macabro ante mis ojos: roja muerte que se desplazaba en todas direcciones.

Los movimientos de mis acompañantes eran torpes y lentos, eso me entregaba una superioridad cuando me abalanzaba contra ellos. El cansancio aún no hacía mella en mí, y el notar que el tren subterráneo avanzaba hacia la próxima estación generó un influjo portentoso que hizo sentirme el único ser con vida sobre la faz de la tierra. Mis pies resbalaban en charcos continuos de viscosa sangre, haciendo mis movimientos algo más inseguros. Limpié mi rostro y observé cómo se formaba un espacio vacío en la parte delantera del tren cuando comenzaba a ingresar a la estación. La luz artificial de la estación obligaba a los seres de muerte a replegarse hacia lugares sombríos. Torpemente comenzaron a avanzar en grupo hacia mí dirección. Mire a mi alrededor y había sido capaz de dar muerte a todos los seres monstruosos que me rodeaban. Inspiré y avancé en contra de la pared de seres de muerte que escapaba de la luz. Aquel momento fue determinante, decidido a no morir, batallé contra la muerte en vida de esos espectros, demostré mi valor, mi humanidad y mi honestidad, dando muerte a todo lo que se cruzara en mi camino. Ensangrentado, los cuerpos caían uno tras otro, con el mismo rostro, no había cambio, solo perdían una maldita vitalidad. Avanzaba con seguridad y confianza, daba pasos para acercarme al comienzo del tren, luchando contra la muerte hecha carne.

Cerca de mi triunfo vital, derribaba y abatía seres, mi otrora lápiz negro era ahora un arma mortal empapada en sangre no viva; corría por mis brazos, mi cuerpo y mi rostro, me cegaba, pero sabía que debía superar las dificultades y continuar la batalla contra la muerte. Exhausto, con algunas heridas por rasguños y mordidas, sentía como las fuerzas se hacían escasas. Debía continuar con lo último de mí ser la batalla, no rendirme, recordar los momentos felices de mis días para saber que sí podía ser capaz de algo inmenso: derrotar a la muerte en el tren subterráneo. Uno tras otro caían bajo mis pies, siendo la luz un influjo horroroso en ellos y esperanzador en mí. La vida y la muerte se veían las caras ese día, y a pesar de las creencias, la vida ganaba. Cada vez más cercano a la luz, mis pasos chocaban con cadáveres, resbalaban en charcos de sangre y tropezaban con partes desmembradas. Me sabia cerca de la victoria cuando ocurrió... algo golpeó mi cabeza e hizo que cayera arrodillado, medio aturdido y perdiendo la visión. Traté de ponerme de pie, sabía que quedaba poco para que el tren se detuviera, cuando al levantar la vista vi cómo se abalanzaban contra mí una treintena de cuerpos deseosos de extinguir mi vida.

Arrodillado, débil, aun con dolor en la cabeza, horrorizado por el olor a muerte y sorprendido por lo que había conseguido, observe estupefacto cómo una horda de seres de muerte caminaba en grupo, huyendo de la luz, mirando con muerto odio mi cuerpo debilitado y dando pasos torpes entre la sangre y los restos de las víctimas de mi defensa. Mi lápiz, mi arma, había caído al piso después de haber sido abatido. Miré y pude encontrarlo, estiré mi brazo, volví a asirlo y con no poco esfuerzo, traté de ponerme de pie. Sabía que solamente quedaba un único esfuerzo. Un último desafío a la muerte, una última batalla para conseguir vivir. Adolorido, mareado y con diversas heridas, me erguí y observé a la treintena que avanzaba en mi dirección. La luz los horrorizaba, y mi vida les resultaba odiosa. Era la última lucha. Y estaba dispuesto a encararla.

Recordé algunos aspectos relevantes de mi vida, mis amigos, los años de estudio, la música, las lecturas y, realmente ahí supe que era necesario darlo todo, incluso la vida, para acabar con esa maldad caminante. Comencé a avanzar en dirección de la luz, sabiendo que mientras más cerca estuviera las posibilidades de salir airoso se multiplicaban. Cerca, comencé a dar mis últimos golpes. Como siempre, ellos, de cuerpo blando, caían abatidos por mis más débiles ataques, siendo la pared de luz un aliado. Observé cómo los cuerpos se agolpaban en mi camino, entorpeciendo mi paso, pero dándome cierta fortaleza: la empresa podía ser una real posibilidad.

A solamente pasos de la luz, ocho malditos cuerpos me rodearon. Cubierto por completo de sangre, esos ocho muertos vivientes eran los últimos. Los rezagos de un lugar repleto de putrefacción en vida, solamente ocho eran los que me impedía cumplir cabalmente con algo inimaginado. Limpié mi rostro, traté de respirar en medio de la enorme hediondez decidido a que este sería mi último gran esfuerzo en vida, que esos ocho seres de maldad serían los últimos que vería y, esto era solo una esperanza, saldría con vida de aquel lugar de horror. Ocho cuerpos muertos frente a un espíritu de vida.

Me abalancé contra uno de los más grandes: un tipo morboso, cuyo rostro lucía una desfiguración macabra. Con determinación clavé mi lápiz en uno de sus ojos. No hubo ni la menor queja de dolor, solo un movimiento torpe de sus brazos. Inmediatamente le di otro golpe, mortal, al costado de su cabeza. Perforé uno de sus odios y el ser se desplomó botando un líquido oscuro, putrefacto y nauseabundo. Di media vuelta y acometí contra el siguiente en tamaño. Le di con fuerza en el lugar donde debería estar su corazón. Esperando una convulsión mortal tras el golpe, el maldito ser movió uno de sus brazos y consiguió darme un fuerte golpe en la cabeza. Desbalanceado, me fui hacia un lado, donde fui empujado con furia por otro de los seres de mal. Esta vez, gracias a uno de los cadáveres apilados en el piso, tropecé y fui a dar al piso. Empapado en sangre, noté que había perdido mi arma letal. Extenuado y adolorido, limpie lo mejor que pude mi rostro, y vi cómo mi lápiz negro seguía clavado en el pecho de una horrenda figura que se movía hacia dónde me encontraba arrodillado. Pude ver que ya era cuestión de metros para que la luz de la estación llegara a mi lugar, por lo que deseoso de salir de ese lugar, me moví lo más rápido que pude. Estiré mi brazo tratando de retirar el lápiz del cuerpo maldito que me miraba con odio y maldad. Pero ocurrió lo inesperado. Fui sacudido por otro golpe, mucho más contundente y firme. Caí de espaldas al piso. Con el lápiz en mi mano derecha, solamente podía ver cómo la muerte hecha personas me rodeaba y pedía por mi sangre. Traté de levantarme, pero esta vez mi cuerpo no siguió mi pensamiento. Estaba seriamente lastimado, con mi cuerpo ya sin fuerzas, solamente disponía de un arma, pero ya no había cuerpo que encarnara la lucha contra la muerte. Comencé a desear no haber estado desde un primer momento en ese maldito lugar. Maldije a mi país, a sus autoridades, a todos aquellos que hablan de democracia. Ellos deberían de haber sucumbido y no yo. La vida me demostraba que solamente los buenos mueren siendo joven.

Sabiendo que lo inevitable venía por mí, tome mis audífonos, los puse en mis odios; ALDEBARAN seguía sonando. Con más contundencia y lentitud que nunca. Pensé en que se trataba de un álbum realmente potente, digno de mi muerte. Mi banda sonora terminaba y mi vida se despedía con la lentitud propia que mi esencia pidió por siempre. Sin miedo, a gusto conmigo mismo, cerré mis ojos esperando el final, nunca soñado por mí de esta forma, pero MÍ final. Musicalizado por mí, luchado por mí, vivido por mí.


Un buen álbum para morir, pensé. Sentí movimientos, un ambiente pesado, sofocante, pero vivo... aquel aire nauseabundo se había ido completamente. Lo putrefacto ya no me agobiaba y mi respiración se hacía amigable nuevamente. Me serené en parte, y creí, finalmente, haber muerto. Sin dolor, sin angustias ni torturas, la muerte ya me había alejado de aquel lugar de muerte subterráneo. Me sabía tirado en el piso, padeciendo los últimos alientos de mi cruenta lucha, esperando mi último final. Me sabía agobiado, exhausto, bañado en sangre y lastimado por los últimos seres malditos. Pero, mi cuerpo experimentaba una sensación distinta, hasta reconfortante me atrevería a decir. Sentía como la sangre corría por mis venas, como las fuerzas me acompañaban y que la vitalidad estaba en mi interior con más vida que nunca. Comencé a dudar de mi cordura. Intuí que se trataban de las reflexiones de la muerte, de la muerte eterna que se apoderaba de mi espíritu y le hacía jugarretas. Tratando de ver lo verosímil de la muerte, recordé que me encontraba esperando la luz de la estación, que esa podría ser mi salvación final y que, quizá, a pesar de todo, sí me encontraba con vida. Temerosamente decidí abrir los ojos; mis últimos recuerdos eran verme abatido por esos horribles seres que avanzaban por mi vida. Recordé el dolor, la angustia, el cansancio, la batalla incansable y, súbitamente, sentí la luz en mi rostro. ¡¡¡La luz!!! Mi brillante salvación. ¿Estaba vivo? ¿Soñaba en muerte? La luz, ese leve calor, era cada vez más vívida en mi rostro. Pasé mi mano por mi cara: habían palpitaciones de sangre, calor corporal y, sorpresa, ningún rastro de sangre. Algo no estaba funcionando correctamente conmigo ni con ese lugar.

Abrí los ojos. ¡¡¡Sorpresa macabra!!! Fue como si el mundo entero cayera sobre mi cabeza. ¡¡¡Qué demonios había sucedido en ese lugar!!! ¡¡¡Cómo era posible semejante demencia y locura!!! ¡¡¡En qué lugar me encontraba por todos los Dioses!!!

Yo, temblando por la impresión, me encontraba de pie, apoyado sobre una pared del metro de Santiago, con mi libro abierto en mis manos, y en mis oídos, sonaba ALDEBARAN. El vagón, lleno de personas hablando, conversando, todos vivos, ni el más mínimo gesto de putrefacción o podredumbre había en alguno de ellos. Todos, santiaguinos mundanos, hablaban de dinero, Internet, televisión y superficialidades que volví a acallar al nuevamente poner mis audífonos en su lugar. Respiré profundamente, cerré mi libro, volví a cerrar mis ojos con fuerza, recordé aquella horrorosa experiencia de muerte, la lucha, el dolor, la sangre y el abatimiento final; abrí mis ojos, todo era igual. Cotorreo plástico en un lugar lleno de vida. ¿Acaso me había vuelto loco?

La luz ingresaba por todas partes, todo era vida, todo era color. Llegamos a la estación más próxima, donde una sensación rara se apoderó de mí, una suerte de reflexión, difícil de explicar, concluí cuando conversé la situación con algunos cercanos. Rápido, decidido y sin miramientos, aunque sin una razón lógica, bajé del vagón y retiré mis audífonos. Dejé mi bolso en el piso y di media vuelta observando cómo el tren dejaba la estación.

Será el mundo un lugar difícil de entender y mucho más en explicar. Aquello que sucedió en ese momento he tratado de decirlo a profesionales y a mis cercanos. Pocos concluyen que es verdad; creen que la música creo en mí un sueño despierto, vívido, muy real y que mi cerebro lo creyó sin dudar. Me dicen que hasta lo último que pude ver cuando el tren abandonaba la estación se encuadra en ese sueño, que nada fue real y que, muy seguros todos, no debo tener miedo de seguir viajando en ese lugar, a pesar de mis temores y suspicacias. Mis cercanos me aseguran que todo fue producto del influjo del Doom, y que el estrés, el cansancio u otra cosa común pudieron haber colaborado en aquel sueño fantástico.

Pero, ¿cómo explicar aquella última imagen de horror? ¿Cómo encontrarle sentido a semejante espectáculo? ¿De qué forma la vida permite que, de ser cierto, entre nosotros existan ese tipo de seres de muerte y horror? El tren comenzó su lento acelerar para así dejar atrás la estación del metro que cobijaba mis reflexiones y anhelos de calma. El sonido fue haciéndose cada vez más insistente, con las ruedas rodando y con los vagones moviéndose en un bamboleo que para mí siempre había sido común y corriente, pera en esta oportunidad, solo ese momento, desprendía cierta cadencia extraña y un paulatino estremecimiento corrió por mi cuerpo.

Me quedé contemplando cómo el tren comenzaba a desaparecer al ingresar al oscuro túnel, dejando tras de sí todo un mundo de secretos y misterios, los que mi febril mente intentaba desentrañar. Cavilando en silencio, perplejo de no entender cabalmente aquello que había vívidamente experimentado, miraba estupefacto las ventanas del último vagón. La gente seguía en su rutinario viaje, hablando y gesticulando, lo normal que puede verse en ese lugar.

Sin embargo, un evento del todo raro me sacudió, me hizo temblar y repensar mis conclusiones anteriores. Me hizo realmente dudar de todo lo que conocía y sopesar todo lo que había vivido en ese viaje.

De forma repentina, en el último vagón, hubo un temblor en la luminosidad, un parpadeo, el que hizo que durante unos segundos el carro se sumiera en la oscuridad. Luego, al volver la luz, los pude ver nuevamente. Nítido, preclaro, evidente y sin equivocarme: esos rostros de muerte, esa descomposición y esos ojos de odio estaban ahí. Me miraban, me detestaban, querían mi muerte, despreciaban mi sangre y mi corazón. Ahí, sin moverse, impávidos, me daban la última mirada mientras el tren se sumía en la oscuridad del túnel.


FIN


Aldebaran – “Dwellers in Twilight”





Tracklist:


01. Beasts at the Throne   07:50
02. Pilars of Geph   16:01
03. Sightless and Silent into Blackened Gulphs   19:41








Aldebaran – “Embracing the Lightless Depths”





Tracklist:


01. Occultation of Hali’s Gates   03:22
02. Forever in the Dram of Death   24:57
03. Occultation of Ocular Tauri   06:38
04. Sentinel of a Sunless Abyss   29:37
05. Occultation of Dim Carcosa   02:04








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