sábado, 30 de diciembre de 2017

"Los Monos". Diciembre de 2017

Estimados. No he tenido mucho tiempo para publicar algunos discos, los tengo redactados, porqué me encuentro muy cerca de terminar una investigación, y además, tome un taller de cuentos. He escrito varios cuentos. He publicado algunos en redes sociales y en la página muy pocos.

Esto es una suerte de variación en el tono de lo general que es publicado en esta página. Los reviews de algunos discos y alguna que otra entrevista a alguna banda, los cuentos son algo diferente a publicar.




Disfruten el siguiente cuento. Fue escrito las primeras semanas de diciembre para el taller, pero no fue presentado. Esa semana falte al taller. Y no recuerdo haberlo publicado en alguna otra red social.

Disfruten la lectura, comenten y compartan. Que otros también puedan leerlos. Hasta la próxima publicación.




LOS MONOS


Ahí estaba, sentado en el piso, viendo Sábados Gigante y a Don Francisco gritando y haciendo reír a todo su público. Mis abuelos realmente disfrutaban del programa y estaban frente al televisor las más de 5 horas que duraba. Mientras lo pasaban, la mayor parte del programa yo me aburría, recordaba los capítulos de Robotech y viajaba. Soñaba con pilotar la nave de Roy Focker, no la de Rick Hunter, me cargaba, además que la nave de Roy tenía unas calaveras en las alas. Era rudo pero bueno. Asimismo como me cargaba El Galáctico, era simplón, lo controlaba una mujer y casi que lloraba todo el rato, en cambio, Febo, el protagonista de El Vengador, era choro, andaba en moto y se transformaba en la cabeza de un robot. Ídolo. Sin embargo, en una cima, distante a todos, los miraba con desdén, el mejor de todos los héroes de los monos: el Capitán Futuro. Sólido y arriesgado, su canción lo resumía todo.

Abrí mis ojos, tenía la canción del Capitán Futuro en mí cabeza, y olvidé por completo donde estaba. Me miré de pies a cabeza: terno elegante color zafiro, corbata y calcetines combinaban, barba perfilada, zapatos de cuero y madera importados, de pie frente a una larga mesa donde habían 13 ilustrísimos empresarios, todos deseosos de ganar más dinero. Mire la pared a mi espalda: compras y ventas en la bolsa, gráficos, cifras e inversiones. Por un momento no supe de mí, seguía tarareando la canción. Respire, me juramente ver esa noche todos los capítulos del Capitán Futuro, exhalé y seguí disertando. 19 minutos después terminé, bajo aplausos, lo que aseguraban entregaría millones a las inversiones. Mientras, me senté y miré por la ventana. Estábamos en un céntrico edificio, piso 23. Podía ver Santiago desde Oriente a Poniente. Aseguro que vi la nave, imponente, del Capitán Futuro surcando los despejados cielos de Santiago.

"Sooooooooo", ululaba mi amigo Cristian, mientras nos perseguía en la esquina del pasaje. Nosotros esperábamos que perdiera el aliento, para así transformarnos en los perseguidores y darle de patadas. "Un juego sano", pensaba yo.

-Te quedaste callado- le dije.
-Sale weon- decía, mientras lo seguíamos para darle. Alcanzó a llegar al círculo donde quedaba a salvo. Concordamos esa noche en ver una película de uno de los héroes más importantes que ha tenido el cine de acción de todos los tiempos: Jean-Claude Van Damme, maestro del aire, de la recuperación milagrosa y del valor y el honor. Siempre entregando elementos valiosos para la vida, pero ni mi familia ni la de mis amigos tuvieron el saber visionario para comprenderlo. Vimos "León Peleador Sin Ley", esa fue la traducción que tuvo “Lionheart”. La vimos en VHS. Soberbia, una de las mejores. Vibramos; sangre, patadas voladoras, revancha, familia. Nunca supe porqué no ganó algún premio. Se lo merecía de sobra.

"León Peleador Sin Ley", salió de mi boca en voz alta. No estaba con mis amigos ni nada parecido. Estaba en un living grande, donde habíamos, cómodamente, 16 personas. Me miré, nuevamente, algo aturdido. Esta vez mi ropa era informal, cómoda pero para nada una ganga, se notaba por los distintos logos de cada prenda. Las miradas las tenía encima, algunos con extrañeza otros con desatención, solo una persona me miraba distinto: un hombre, quien movía la cabeza levemente como afirmando algo.

Tuve que decir que estaba pensando en comprar una casa en un balneario, y que quería bautizarla con un nombre divertido, algo como lo hecho por Neruda. Rieron, me dijeron que disfrutara mi buena racha en los negocios, porque nunca podría pasarlo mejor en mi vida. Internamente dude de esa frase, pues sabía que no era del todo cierta.

Con mis amigos veíamos Robotech de forma sagrada. Era un rito: la casa rotaba, así como la muestra de hospitalidad. Cubos de agua o leche y un pan, lo añadido al pan tenía que ver con la solvencia de cada casa. Sumado a la serie sobre las naves que se convertían en robots, cada uno de nosotros tenía sus personales distracciones televisivas: yo alucinaba, realmente, con los Transformers. Pude seguir de cerca la historia, y simpatizaba con la gran guerra. Debería haber sido espectacular tener un auto robot. Otros de mis amigos televisivos eran los Silverhawks, en la misma línea de los Thundercats; los dos eran grupos de guerreros, los segundos unos felinos antropomorfizados y los primeros eran unos humanos, con cuerpo de metal, y que podían volar en el espacio.

Sin embargo, había algo que me impresionaba: la metamorfosis de cada uno de sus principales enemigos: Mumm-Ra y Monstruón. Personalmente me impactaba más el segundo: rojo, arriba de una nave con forma de calamar y con una figura demoníaca. Varias navidades soñé que llegaba como regalo. Nunca ocurrió.

“Estrella lunar de…”, no terminé la frase. Estaba en el mismo living, pero solo. En el patio, enorme y bellamente decorado, recordé que estaba en el cumpleaños de uno de mis principales asociados, estaban todos bailando y cantando. Me sentí realmente extrañado.

-Parece que estas recordando muchas cosas verdad- me preguntó una voz. Era la persona que había asentido con la cabeza hace un rato.
-Te parece extraño despertar y no saber dónde estás. Y que además vuelvas hablando cosas del pasado-, la palabra “vuelvas” me dejó preocupado.
-He estado bajo estrés estos últimos días-, le dije. –Pero cómo sabes lo que me sucede-, le pregunte.
-Es que es una suerte de problema generalizado: la televisión de los 80 produce, cosa que se ha ocultado por los empresarios del medio, serios problemas cognitivos. Aquellos que estuvieron más tiempo expuestos a una determinada programación lo reflejan después de los 40 años.
Lo miré. No le creí ni una palabra. Le miré la mano. Su vaso estaba casi vacío. Dudé de su cordura.
-Puede ser- le dije, -pero, de ser así, acarrea alguna consecuencia más grave que la de abstraerse por completo de lo que se hace-, lo interpelé sin pensar realmente en lo que le preguntaba.
-Hasta ahora no, nada realmente comprobado. Tengo entendido que una persona en Concepción falleció de inanición. Estuvo días desconectado recordando los 52 episodios del Capitán Futuro. Lo encontraron sentado en su departamento.
-Cómo sabes eso. Donde lo leíste.
-Me tocó ir a verlo. Trabajo en el Gobierno. Estamos coordinados con otros países donde se están viviendo situaciones similares.
-Me estás siguiendo-, le pregunté.
-No, casualidad. El dueño de casa es amigo de mi padre, debes conocerlo, Gonzalo Del Solar, es un inversionista y creo que tú lo asesoras.
Este está loco-, pensé, pero dudé inmediatamente de esta afirmación. Cómo había podido saber lo de mis recuerdos. Podría estar especulando, y hacer una generalización a partir de mis frases intempestivas, pero me sentí en alerta. Me puse de pie, salí al patio y me serví un trago. Me acerqué a la hija del dueño de casa, elegante pero sin contenido, y me dijo:- Qué tal el Sebastián Del Solar, raro verdad-, no supe qué decirle.

Llegué a mi casa y, con cierto temor, recordé algunos momentos de mi infancia. Estaba en la plaza de la vuelta de la esquina, con mis amigos del pasaje, jugábamos a los “Comandos”, así le decíamos a una forma más evolucionada del “Pillarse”: los cabros de la villa de enfrente versus nosotros. Nos perseguíamos y tomábamos prisioneros. Ridículo, si lo veo ahora, pero en esos años, era el adelanto de un juego infantil.

-Te quedas aquí, eres nuestro rehén-, le decíamos a uno. Rubén, nuestro cautivo, tenía que esperar a que su grupo lo liberara. Nos dijo que tenían un “comando” seco. Experto en misiones secretas y peligrosas, el Seba. Nos reímos. No tenían por dónde para rescatarlo.
-Veamos si el Seba te puede liberar-, dijo el otro Cristian. En eso sentimos una fuerte ráfaga de viento. Tuvimos que cubrirnos los ojos porque levantó mucha tierra. Al pasar el enérgico soplo, el Rubén había desaparecido. Miramos en todas direcciones, nada.

Estaba a punto de gritar la palabra “qué chucha pasó con el Rubén” cuando escuché otro grito. Intenso. Demente. Mi momento onírico quedó en el pasado. El nerviosismo de haber recordado uno de los instantes más tenebrosos de mi infancia fue borrado por completo por una frase: -“Malditos, ustedes son los que controlan la televisión. Todo este tiempo lo han hecho. Son los responsables de la muerte de cientos de personas”. Las palabras venían desde el patio. Ahí estaba, Sebastián Del Solar, de pie, sosteniendo en sus manos la ametralladora más grande que he visto fuera del cine y la televisión. Apuntaba a todos los asistentes a la fiesta. Temblaban cuando los responsabilizaba de enfermar las cabezas de niños, de traer muerte y de no medir las reales fuerzas del mensaje que esos inofensivos monos realmente transmitían. “Qué chucha le pasa al Seba”, dije. Y fue como si estuviera en mi pasaje, 28 años atrás, caminando a la panadería a las 5:30 de la tarde de un día domingo.

-Cuidado con los monos de la tele-, me dijo una voz. –Son controlados por grupos empresariales que tienen un claro interés de intervención cognitivo. Los japoneses y los gringos están unidos con algunos empresarios nacionales para dominarnos. Quieren que seamos sus marionetas. Pero algún día terminaré con este horror-, dijo la voz.

Miré, en el patio de una casa estaba un muchacho. Debe haber estado cerca de los 20 años. Estaba solo. Tenía en sus manos una metralleta de plástico y me miraba con intensidad, casi sin pestañear. Estaba con los labios secos, sudado, sucio y muy agitado. –Yo sé el gran secreto-, gritó, mientras se abría la puerta de su casa. Un hombre, de poco más de 40 años, traía un vaso de agua y unas pastillas.

-Sebastián, tus pastillas-, le dijo.
El muchacho las tomó, lo miró un segundo y le dijo: “Los monos tienen la culpa”.

Felipe Reyes
Diciembre de 2017

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